

Tú, Tomás
Te levantas como tantos otros días durante ya algunos años. No madrugas como cuando salías humilde para ganarte el jornal y dabas de ti un poco cada día a los chavales en un aula donde el saber y el amor por las palabras se esenciaba con ese olor a humanidad, a mozería lozana y brava, que se concentra en el aire imperceptible para el ganado, pero tan manifiesta para el forastero que se adentra en el pesebre de la docencia. Ahora vas a la cocina, esa que algún verso te ha inspirado, y te preparas el café reposado. Miras la mesa, el mantel, el fregadero. Enjuagas quizá algún vaso que quedó la noche anterior huérfano con algún plato o una sartén en la que alguien, tú o tu mujer, frió un huevo. Mientras el aroma del café lo impregna todo, buscas una cucharilla en el cajón para no perder el hábito de remover el café con la mirada perdida en a saber qué sueños imposibles o recuerdos distraídos. Te imaginas a ti mismo, sin saber muy bien por qué, pelando una patata mientras ves caer las mondas al cubo de la basura haciendo ese acolchado ruido cuando rozan la bolsa de plástico. ¿Por qué no escribir un poema a la humilde monda de la patata? Por alguna razón, te vienen a la memoria aquellos años de infancia en la calle Feria, los fríos inviernos en Zamora, los veranos a orillas del Duero. Ahora en León, en tu cocina, evocas aquella otra en la que tu madre te preparaba el desayuno cuando chico. Y luego tu padre y tu madre envejecieron y un día viste su casa definitivamente vacía, sin su presencia, sin los dedos de tu madre para coserte algún roto de la vida… Y de repente te viene Jose a la cabeza. ¡Qué salto has dado! Parece que se fue hace tanto... y ni siquiera ha transcurrido un año desde que se marchó.
Sigues removiendo el café. Se enfría. Piensas. Recuerdas. Evocas. Te arrebatan cien versos que se te ocurren de pronto y crees hallar un poema certero que no anotas, porque no hace falta, porque basta con tenerlo en tu cabeza, apenas unos segundos, poesía instantánea, efímera; porque sabes que lo bello, que lo hermoso apenas dura un instante que muchos quisieran fuese eterno. Y a ti te basta con vivirlo a cada instante, sorbo a sorbo. ¿Para qué fijarlo en un papel y concederle el don de la eternidad? ¿Quién eres tú para creerte un dios que otorga la vida eterna?, te dices.
Te levantas de la silla para acercarte al fregadero, ese por el que el agua se sume en busca de un mar que no sabe si alcanzará algún día. Dejas el vaso y la cucharilla. Abres el grifo para que el agua diluya los posos del café. Y entonces oyes una voz que te dice al oído: ¡Claudio! Miras atrás, a un lado y a otro, en busca de esa voz, de ese alguien que te acaba de hablar. Sí, jurarías que alguien te acaba de hablar al oído y que ha dicho «Claudio». No hay nadie, pero tú estás seguro de que alguien te ha hablado al oído y te ha traído a la memoria el recuerdo de otro amigo que se fue —hace tanto ya, ¿un cuarto de siglo?— y que hizo de la ebriedad un don.
¡Claudio! Sí, sí, lo has oído. Lo ha vuelto a decir. Retrocedes unos pasos y vuelves a sentarte en la silla. No es posible. No hay nadie… Pero lo que tú no sabes —¡no te asustes, no, que no te va a pasar nada!— es que soy yo quien está detrás de ti. No puedes verme, pero te aseguro que soy yo, que me he ido hasta tu cocina para decirte que escribas y que me entregues eso que viviste con los ojos del poeta, no del profesor ni del docente eruditos. Háblanos como un viajero más en esta vida que va y viene. Dale a Claudio el don de la eternidad. Tú, que sabes heñir las palabras y cocer versos, haz una buena hogaza de pan de la que alimentarnos. Te lo digo una vez más al oído —¡no te asustes!—, aunque no me veas: ¡Claudio! Nadie mejor que tú puede escribir su vida. Hazlo antes de que yo también me marche como ellos, alguna vez, definitivamente. Solo tú. Tú, Tomás.
Michael Thallium
Tú, Tomás
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2025). Tú, Tomás. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 3, (CV107). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2025/04/tu-tomas.html




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