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Un cagón en París (parte I)

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Un cagón en París (parte I)



Llegó a París por la mañana. Ni muy temprano ni muy tarde. El reloj del teléfono móvil marcaba las 10:25 h. Miguel Masa tomó el tren del aeropuerto de Orly hacia la estación de Saint-Lazare. «Para mí que la gente no debe de tener ni puñetera idea de que Orly viene de la palabra latina Aureliacum», pensaba mientras subía al tren. Miguel Masa solía hacer consideraciones que a muy pocas personas podrían importar; irrelevantes y, a veces, hasta absurdas. «Y ni por asomo se les ocurriría pensar que quizás Orly viene del hebreo y que significa ‘luz’; estarían en un error si así lo hicieran. Orly es la ciudad de Aurelio», sentenció para sus adentros. Sentado en el vagón del tren, continuó el viaje soltando las amarras del barco de sus pensamientos, a veces elucubrando consideraciones que no merece la pena reproducir aquí, otras contemplando el paisaje por la ventana, alimentando su imaginación. 

Cuando llegó a la plaza de Saint-Lazare, buscó un lugar en el que poder desayunar a la francesa y hacer tiempo hasta que llegara la hora de la cita. Una cita muy importante. Giró lentamente la cabeza de un lado a otro en busca de algún bar. En París no hay bares; hay brasseries, bistros, cafés… pero ni rastro de bares o tabernas en las que el cliente se monde los dientes con un palillo de pie en la barra mientras apura un carajillo o una copa de anís. Atisbó un café con un nombre muy apropiado para el lugar donde se encontraba, cerca de la estación: Le Départ. Entró, se sentó y pidió un café con leche y un cruasán. Para hacerlo se sacó de la manga el francés que había aprendido hacía muchos años trabajando con turistas franceses: Un café olé avec un croasán, sivuplé. Al pronunciar exageró la erre gutural francesa de croasán y puso los labios como si fuera a silvar para pronunciar las ues de un café y un croasán. Mientras le traían el desayuno sacó el cuaderno de notas del que siempre se acompañaba: «Dentro de muy poco, a las doce, me reuniré con Monsieur Manazo para que valore y finalmente autentifique el manuscrito». Desiderio Manazo era un reputado paleógrafo francés que llevaba toda la vida examinando manuscritos, principalmente de los siglos V al XII, y tenía un negocio tan específico y minoritario como prestigioso y boyante. Coleccionistas y gente rara de todo el mundo acudían a él para que autentificara libros manuscritos de valor incalculable… bueno, lo de incalculable es un decir, porque la labor de Monsieur Manazo consistía precisamente en eso, en calcular su valor y ser muy discreto. 

Miguel Masa terminó el desayuno y salió del café Le Départ para dar un paseo hasta el edificio donde se reuniría con Desiderio Manazo. De camino a la calle donde Monsieur Manazo tenía el estudio, Miguel Masa hizo un alto en la imponente Iglesia de Saint-Agustine. Entró. No es que tuviera fe, no. Era más bien un agnóstico melancólico. Le gustaba visitar los templos de las ciudades que visitaba. Pensaba que eran lugares de energía donde muchas personas con fe habían acudido a lo largo de los siglos para rezar y acercarse a Dios. Además, la noche anterior, antes de tomar el vuelo por la mañana temprano, había recibido un mensaje de su amiga la escritora Conchita Castro García. Se le acababa de morir uno de los dos gatos que tenía. Estaba hundida. Miguel Masa, que era pintor —de los que pintan cuadros y lienzos, no de los de brocha gorda y pared— y hombre sensible, no entendía sin embargo esa desmesurada pasión que algunas personas sienten por los gatos. A él le parecían unos animales insulsos que llenaban de pelos los sofás y dejaban olor a caca de gato por toda la casa. Daba igual que los dueños le dijeran por activa y por pasiva que los gatos son unos animales muy limpios. Los pelos y el olor a caca eran evidencias más que suficientes para jamás considerar la idea de tener uno. El caso es que el mensaje de su amiga Conchita le marcó, porque sabía que ella estaba apesadumbrada, estaba sufriendo. Para ella sus gatos eran los hijos que no había tenido, y se le acababa de morir un hijo, por mucho pelo que soltara y caca que perfumara la casa... Así que cuando se adentró en la iglesia de Saint-Agustine, se dirigió a una de las capillas laterales y, en silencio, siguiendo un críptico ritual que solo él podría comprender, encendió una vela por su amiga y el gato muerto. 

Reemprendió la marcha hacia el edificio donde se encontraba el estudio de Desiderio Manazo, un lugar un tanto misterioso y señorial. Para entrar había que marcar una contraseña en un portalón que daba a la calle y, después de cruzar un amplio patio con pozo y todo, marcar otra contraseña en la puerta que daba acceso al vestíbulo donde se encontraba la puerta del estudio. Le abrieron y le recibió Ericka Kaczmarek, la secretaria de Monsieur Manazo, una mujer eficiente y joven, de unos treinta años, que tenía unos preciosos ojos azules. Fue con ella con quien Miguel Masa había mantenido toda la correspondencia hasta llegar a concertar la cita con el reputado paleógrafo. «¡Pero qué ojazos tiene esta mujer! ¡Eso no se ve en los correos!», anotó mentalmente Miguel Masa. 

Más que un estudio, aquello era un elegantísimo palacete. La secretaria le hizo subir unas escaleras de madera antigua para conducirlo a una habitación donde le pidió que esperara. «Monsieur Chevalier viendra tout de suite», dijo la de los ojos azules. «¡Vaya, así que el señor Manazo me envía a su asistente en lugar de venir él!», pensó Miguel Masa. Al cabo de cinco minutos apareció Monsieur Chevalier, un hombre de unos cuarenta años vestido con bata blanca, como si fuera un médico. Se saludaron, se pusieron los guantes y, sin dilación, Masa sacó de la mochila el libro manuscrito convenientemente envuelto en una tela que lo protegía. Lo puso encima de la mesa de operaciones. Monsieur Chevalier lo examinó, con curiosidad, mostrando interés, y le pidió que lo dejara en depósito un par de días para que pudieran tomar algunas fotografías, hacer algún análisis y estudiarlo convenientemente. Le hizo firmar un recibo de entrega del manuscrito para poder recogerlo dos días más tarde. Así lo acordaron. Miguel Masa firmó y salió del estudio de vuelta a la vida parisina. 

Si el manuscrito era auténtico, podría valer unos cuantos millones de euros. Eso le solucionaría la vida precaria que vivía: vida de artista. Ya tendría tiempo de explicar cómo el manuscrito había caído en sus manos. Miguel Masa sospechaba que el libro podría haberlo escrito la princesa griega Anna Comnena. Estaba ilustrado con preciosas miniaturas. Aunque Miguel Masa no hablaba griego, pudo averiguar que el título del libro era Eros y Philautía (el amor romántico y el amor propio), algo muy inusual para la época, primera mitad del siglo XII, y más aún si lo había escrito una mujer. Anna Comnena es conocida como la autora de La Alexiada, donde narra la historia del reinado de su padre, Alejo I Comneno. En su fuero interno, Miguel Masa estaba convencido de que el manuscrito era original, pero necesitaba la autentificación de un experto como Monsieur Manazo.


CONTINUARÁ...


Michael Thallium

Un cagón en París (parte I)



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2025). Un cagón en Paris (parte I). Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 3, (CV104). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2025/03/un-cagon-en-paris-parte-i.html

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