Los susurros en el contratiempo
«... En esa música
yo soy. Yo quiero ser. Yo me desangro.»
J. L. Borges
Soledad
Sevilla construye con su obra una gran sinfonía que ha sonado durante toda su
vida. Las formas geométricas, los trazados y las líneas representan aquellos
sentimientos que nacen, mueren y se vuelven a crear. Un eterno retorno de la
misma trama que culmina en la gran sinfonía. Dicho proyecto consiste en la
apreciación de toda experiencia y sensación, de todos los elementos que se
manifiestan en el tiempo de vivencia, de toda su verdad, que resuelve en la
obra sobre la que Soledad Sevilla es y se desangra.
La
pintora valenciana deconstruye su edificio de creencias para explorar en cada creación
aquello que ha sentido y poder encontrar la mínima expresión común, esto es, el
ritmo que se repite, las teclas que siempre suenan. Una misma trama que vuelve
continuamente en los trazos, que retorna eternamente. El gesto de Soledad
Sevilla es romper con la idea que asfixió a la filosofía de occidente durante
siglos: conceptualizar la realidad distinguiendo una línea cronológica de
pasado, presente y futuro; obstaculizando nuestra relación con la existencia. No
hay un «presente eterno» manifiesto en cada cuadro y que finaliza en la última
obra de la exposición. En clave nietzscheana, hay un «eterno retorno» de
sentimientos e ideas, de momentos que resuenan infinitamente, un bajo continuo
que suena siempre. En la obra de las mariposas cada una gira de manera
independiente, «ayer, hoy, mañana, ayer, hoy…», el tiempo está entrelazado,
pero opera en una misma eternidad, reconstruyendo continuamente lo vivido. Las
piezas se componen de trazos, instantes que representan el choque entre lo
pasado y lo futuro, y que se reproducen rítmicamente en la pieza hasta originar
la obra finalizada. Esta recopilación de instantes y sus variables representa
la resistencia a la negación de la vida, un método de supervivencia. Una manera
de poner en valor la experiencia de vivir, porque incluso cuando llegamos al
final de la exposición, nos encontramos otra vez en el comienzo para revivir
todo otra vez. No consiste en un camino aporético, sino en una forma de
liberarse de los presupuestos que nos han cegado para volver a conceptualizar
la existencia desde nuestra experiencia, y no a través de conceptos deshumanizados.
El
mundo es caótico y cambiante, tal y como lo es la obra de Soledad Sevilla,
quien representa a través de los colores, las líneas y la luz todos los
elementos que describen las circunstancias de su eterno retorno. Cada parte se
diferencia en los colores y en las formas, buen ejemplo es la disparidad entre
la sala de grandes cuadros con fondo blanco y líneas rojas, amarillas y verdes;
y la sala granate de pequeños trazos negros, blancos y grises. En términos de
Kandinsky, cada elección de la artista en la pieza carga con su propio sonido y
espíritu, un contenido interno que identifica distintos pasajes de la sinfonía
terminada y que activa las vías sensoriales del espectador. Esta
caracterización única de las secciones se debe a la búsqueda de la tecla que
«hace vibrar adecuadamente el alma humana» (Kandinsky, V.), cada trazo y cada
color corresponden a un instante y a un movimiento. Así pues, la belleza
atraviesa y protagoniza esta eternidad que, de otra forma, podría ser insoportable.
Soledad Sevilla quiere que sus obras interactúen directamente con los
espectadores a través de la relación corporal y sensible. Por ello, la
exposición exprime las posibilidades museográficas del espacio para explorar
los efectos que producen las piezas: tal y como ocurre con las mariposas en
movimiento o los secaderos de papel sujetos a la pared, que provocan una
experiencia inmersiva. La obra de la pintora valenciana se completa cuando sus
cuadros interactúan con el espectador y generan sonido, movimiento provocado
por la atracción del observador que también expresa a través del arte. Se abre
un mundo en el que la artista comunica a través de la obra y el espectador
comprende observando la obra, ambos forman parte de lo que sucede en la
exposición.
Esta
compleja sinfonía visual entrelaza geometría, color y luz para revelar las
emociones más profundas del ser humano y provocar reflexión acerca de nuestra
propia existencia. Su propuesta es la de una experiencia artística que vive y
revive continuamente en cada interacción con el espectador estimulado, condena
su obra a perecer una vez el espectador emancipado deje de observar. Sus obras
no se contemplan, se experimentan sensorialmente. Por eso la labor museográfica,
la sensación de ritmo y la interacción del espectador con las piezas completan
la obra. El universo artístico de Soledad Sevilla se caracteriza por su
carácter efímero: la obra vive mientras es observada y escuchada, pero perece
cuando el espectador marcha, cuando suena la última tecla.
Exposición de Soledad Sevilla, «Ritmos, tramas, variables».
En Museo Reina Sofía




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