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Ciencia y crisis ecosocial (9/11) - La precaución como principio de acción científico-política

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Esta columna pertenece a una serie llamada Ciencia y crisis ecosocial. Véanse aquí la primerasegundaterceracuartaquintasextaséptima y octava columna de la serie, previas a esta novena.

La precaución como principio de acción científico-política

Como tan a menudo lo repitió William James, nuestro mundo no es una obra consumada, ya escrita, sino que requiere acción, pero esa acción misma debe abstenerse de certezas, de exigencia de garantías (Stengers, 2019: 131-132).

En la primera columna de esta serie señalaba que la verdad y el consenso absolutos son casi imposibles de alcanzar en cualquier discusión científica. A lo sumo, aquellas teorías o explicaciones más plausibles se pueden estabilizar, aunque siempre con un regusto provisional: en cualquier momento puede irrumpir un factor que lo desestabilice todo.

¿No ha envejecido mal esta afirmación después de haber hablado del negacionismo y de cómo se aprovechaban de la supuesta falta de consenso? ¿No me habré pasado de posmoderno y sería necesario recuperar una concepción más sólida de la ciencia, capaz de servir de fundamento para una política medioambiental a prueba de negacionistas?

Hay quien llega a afirmar que este enredo «posmoderno» en los estudios de la ciencia (que incluye a autores a quienes he dado mucha credibilidad aquí, como Latour) dio alas al negacionismo climático de derechas (así lo sostiene Judit Warner nada menos que en The New York Times). Esto es un tanto cuestionable: el negacionismo organizado ya campaba a sus anchas antes de que el pensamiento así llamado posmoderno se consolidase y hay pocos registros que atestigüen que los negacionistas de derechas se inspirasen en los «posmos». En general, tiene poco sentido y valor entrar en el debate del posmodernismo o las guerras de la ciencia, que ya huelen a viejo y no condujeron a ningún sitio hace treinta años y mucho menos ahora. Pensar que vivimos en una era «pos» (posmodernidad, posverdad…) y que la principal tarea de la teoría social de conocimiento consiste en enmendar estos excesos «postistas» (con perdón del postismo poético hespañol) me parece desacertado. Por desgracia, justificar en profundidad por qué me desviaría demasiado del tema principal. Basten las siguientes pinceladas y con suerte en el futuro pueda tratar con más detalle la cuestión.

Por si había alguna duda, no niego que haya hechos, objetividad o verdad (aunque habría que matizar en qué consisten), ni que sean importantes para las personas de muchas maneras, desde lo más íntimo hasta la esfera científica. Pero no creo que tenga sentido tratar estas cuestiones epistémicas en solitario y menos aún cuando el tema de fondo es la crisis ecosocial. Lo realmente interesante es ver cómo los hechos y los valores se entrelazan, cómo los sucesos descritos (objetivamente, sí) por las ciencias irrumpen en las vidas humanas, con sus intereses y cuitas (palabra que, como me señaló Jorge Riechmann, está emparentada con «cuidado»).

Además, reivindicar una supuesta objetividad absoluta, una infalibilidad de la ciencia, no nos ayudaría en nada. Primero, porque esa omnipotencia se ha usado históricamente para reprimir las reivindicaciones y avances sociales (así lo ha tratado de argumentar Brian Wynne). Segundo, porque el debate es otro, como traté de mostrar en la cuarta columna de esta serie: no estamos interrogándonos sobre la verdad de las ciencias del clima, sino sobre qué hacemos con nuestras sociedades ante las alarmas que llegan de todos lados. Me remito a las palabras de Isabelle Stengers (2019): «las previsiones del IPCC en cuanto al futuro que amenaza a todos los habitantes de esta Tierra son tan robustas como se le puede pedir a una ciencia que no puede “trasplantar” su objeto, redefinirlo a escala del laboratorio». Pero lo interesante del IPCC, prosigue, no es tanto su robustez, sino sus ideas, las urgencias que irrumpen con sus informes. La característica principal de las ciencias del clima y de la Tierra no es la certeza, sino la preocupación. El futuro que predicen es tan insólito y espinoso que, prosigue la autora belga: «Les científiques, aquí [se refiere a las ciencias medioambientales], no traen “pruebas” estables, sino incertidumbre» (Stengers, 2000: 143). La incertidumbre de saber qué será de nosotras y cómo podemos remar hacia horizontes mejores. 

La clave no pasa entonces por recuperar la certeza científica (que, dicho sea de paso, nunca ha existido), sino en dejar de pensar que necesitamos certeza científica para tomar decisiones importantes sobre el rumbo de nuestras sociedades. Como afirma Latour (1999), ante los «problemas científicos» de repercusión social hay dos opciones: «esperar a que un suplemento de ciencias ponga fin a las incertidumbres o considerar la incertidumbre como un ingrediente inevitable de las crisis ecológicas y sanitarias» (100). El propio Latour (2013), años después, lo tenía claro:

La decisión sobre las situaciones establecidas no puede ser delegada a una autoridad unificada superior. Las controversias, por espurias que sean, no son excusa para retrasar la decisión sobre qué bando representa mejor a nuestro mundo. En efecto, tenemos que hacer frente a esos conflictos [...]. No tenemos que creer ni confiar en ellos, pero, como dijo Walter Lippmann, tenemos que alinearnos detrás de aquellos que parecen menos partidistas que los demás (53).

El debate científico (y no solo científico) de la crisis ecosocial, por el mero hecho de existir, nos obliga a posicionarnos: o somos negacionistas, en sentido duro (véase la columna 6) o en sentido blando (véase la columna 7) y rehusamos actuar; o respondemos al llamado de las ciencias y lo llevamos hasta sus últimas consecuencias políticas. La razón por la que deberíamos decantarnos por esta segunda alternativa no es la certeza científica, sino la prudencia, lo que la ética bautizó tiempo atrás como principio de precaución. En la anterior columna me asomé a Gaia y sus agentes lovelockianos, que si algo nos plantean es que todos los actos terrestres tienen consecuencias, y los actos impulsivos de nuestra sociedad en este mundo complejo, donde la biosfera y el clima interactúan de maneras enrevesadas, han de tener consecuencias imprevisibles y sobre todo peligrosas. Por ello, sugiere Latour (1999), en vez de «¡protejamos la naturaleza!» el lema del ecologismo debería ser: «Nadie sabe lo que puede el medioambiente» (121). Y precisamente si nadie lo sabe, cuando las ciencias, bien situadas dentro de la Zona Crítica gaiana, nos indican de un modo tan abrumador que estamos al borde del precipicio, deberíamos ser consecuentes y tomar las precauciones necesarias. Solo por si acaso. Como sostiene Riechmann (2023) parafraseando a Manuel Casal Lodeiro:

la diferencia entre el escenario de «los catastrofistas tenían razón pero no actuamos drásticamente» y el de «los catastrofistas no tenían razón pero nos adelantamos a hacer sociedades poscrecimiento/ posfósiles/ resilientes» es tan brutal que debería llevar a la acción incluso a los más reacios a la radicalidad… (9).

    He aquí un segundo ingrediente de repolitización de las ciencias: recordar que la comunidad científica no está al servicio de la verdad, sino «al servicio de la historia» (Stengers, 2000: 39), una historia que ya no es solo humana, sino híbrida, y se extiende a todos los agentes de la Tierra. Que las ciencias produzcan verdades del máximo interés no se discute, pero su misión principal es intervenir en la historia y cambiarla, como cualquier otro dispositivo social. Y eso es lo que intenta el IPCC (aunque además hable con verdad, para mayor énfasis). Debemos entender las ciencias (al menos las del clima y la Tierra, ciencias gaianas por excelencia) como un llamado a responsabilizarnos del mundo, a habitarlo como si hubiera un mañana. Porque de hecho lo habrá, si bien no sabemos en qué condiciones. 

Pavlo Verde Ortega

La precaución como principio de acción científico-política


Cómo citar este artículo: VERDE ORTEGA, PAVLO. (2025). « La precaución como principio de acción científico-política». Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 3, (CM47). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2025/03/ciencia-y-crisis-ecosocial-911-la.html

Bibliografía

LATOUR, BRUNO. (1999), Politiques de la nature. Comment faire entrer les sciences en democratie. La Découverte.

LATOUR, BRUNO. (2013). War and peace in an age of ecological conflicts. Conferencia en el Peter Wall Institute de Vancouver.

RIECHMANN, J. (2023). ¿Buscar las llaves bajo la luz de la farola, aunque las hayamos perdido en otro lugar? Algunas reflexiones sobre colapsos y «colapsismo». 15/15/15

STENGERS, ISABELLE. (2000). The invention of modern sciences. Minnesota University Press.

STENGERS, ISABELLE. (2019). Otra ciencia es posible. Manifiesto por una desaceleración de las ciencias. Ned Ediciones.

El artículo de Judith Warner sobre el posmodernismo y el negacionismo en The NewYork Times se llama «Fact-Free Science». Un libro que trata de defender la importancia de la verdad en todas las facetas de la vida humana es Sobre la verdad de Harry Frankfurt. Para un estudio de cómo la autoridad científica se ha usado para el silenciamiento de la protesta social, veáse «Truth as what kind of functional myth for modern politics? A historical case study» de Brian Wynne.

El llamado a responsabilizarse del mundo está inspirado en Seguir con el problema de Donna Haraway, más en concreto en el pasaje sobre Arendt y Eichmann: “[Eichmann] no puede hacer presente para sí aquello que está haciendo, no puede vivir en consecuencia ni con las consecuencias […]. Para Eichmann el propósito importaba, pero no así el mundo” (67). Eichmann vivía “como si no pasara nada”, en un estado de inmaterialidad, inconsecuencia y negligencia.

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