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Ciencia y crisis ecosocial (10/11) - Qué ciencia no necesitamos

Encabezados

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Esta columna pertenece a una serie llamada Ciencia y crisis ecosocial. Véanse aquí la primerasegundaterceracuartaquintasextaséptimaoctava y novena columna de la serie, previas a esta décima.

Qué ciencia no necesitamos

En 2022 los científicos de la tierra Bruce Glavovic (miembro del IPCC), Timothy Smith y Ian White abrían un artículo con malos augurios: «El contrato ciencia-sociedad se ha roto» (1). Según ellos, desde hace tiempo (no especifican cuánto) ciencia y sociedad han vivido en un tierno romance basado en la siguiente premisa: «La inversión pública en ciencia conducirá a una mejor comprensión de nuestro mundo y ayudará a lograr resultados que se consideren beneficiosos para la sociedad» (ib.). Sin embargo, este idilio se ha quebrado con la irrupción de la crisis ecosocial. Por más que la comunidad científica, con un consenso cada vez más aplastante, haya alertado sobre la gravedad de la situación, los gobiernos apenas han tomado medidas. Esto imposibilita cualquier resultado beneficioso para la sociedad, de acuerdo con su terminología, e impide el cumplimiento de este contrato que tan buenos resultados nos había dado hasta ahora.

La conclusión que proponen estos autores para atacar de frente esta ruptura es la moratoria en investigación climática que comenté brevemente en la séptima columna. Ya allí insinué la insatisfacción que me produce esta solución, pero lo cierto es que el diagnóstico me resulta todavía más decepcionante.

Suponiendo que este implícito contrato ciencia-sociedad sea real: ¿la crisis ecosocial es el único momento histórico en el que se ha roto? ¿Cómo es posible entonces que sepamos tanto sobre bombas atómicas, armas químicas y drones capaces de diezmar poblaciones enteras, pero todavía no tengamos una vacuna contra el VIH? ¿O cómo explicar que en ocasiones se haya usado la investigación en anticonceptivos para reforzar valores sexistas al tiempo que la psicología implementaba categorías para discapacitar a mujeres y personas racializadas? ¿En todos estos casos está operando un beneficioso contrato ciencia-sociedad?

Pero no es solo que un repaso superficial a la historia de la ciencia y la tecnología desmienta la bondad sistemática del supuesto contrato ciencia-sociedad. La creencia en una sociedad y una ciencia con relaciones bilaterales estables ya es de por sí cuestionable. La ciencia y la sociedad no son una cosa, homogénea y maciza. Lo que hay son investigaciones científicas concretas en contextos sociales concretos. Además, las ciencias son instituciones y prácticas sociales en sí mismas, no una entidad separada que pueda interactuar en igualdad de condiciones con la sociedad. Están dentro de la sociedad, no a su lado. Por todo ello, la idea de un contrato ciencia-sociedad no solo inofensivo, sino que siempre ha contribuido al progreso humano, se resquebraja cuando se la analiza mínimamente. Tanto el concepto como su verdad histórica hacen aguas.   

Más allá de la idea anecdótica del contrato, hay una concepción de la ciencia subyacente que merece la pena comentar. Esta se basa en la creencia reconfortante en una Verdad a la que la ciencia puede acceder con métodos neutrales (las famosas matters of fact de las que tanto he hablado ya). Una verdad que puede tener consecuencias en la vida política, pero que en sí misma no es política. Una Verdad tan clarividente que solo un iluso podría no verla o verla y no tomar las acciones adecuadas, que siempre se corresponden con las que tomaría le científique de turno si de elle dependiera.

Recuerdo una conferencia durante la primavera de 2022 en la que un integrante de la recién creada Rebelión Científica comentaba su frustrante experiencia como científico del clima. Lo equiparaba a un tipo que ve cómo en la buhardilla de una casa está desatándose un fuego y baja al salón, donde el resto de inquilinos pasa el rato, para anunciar que pronto un incendio devorará toda la casa. Los demás inquilinos desoyen el mensaje y el tipo vuelve a subir, comprueba cómo va evolucionando el fuego, baja de nuevo para actualizar la gravedad de la situación, con idéntico fracaso en la respuesta de sus compañeros… Y así sucesivamente hasta que las llamas han alcanzado el salón y ya no hay escapatoria. Narraba que era esta desesperación ante la indiferencia que producían los alarmantes datos de las ciencias del clima, análoga a la que sentiría el tipo del fuego, lo que le había llevado a pasar a la acción y militar en Rebelión Científica.

Como historia de politización personal, poco se puede decir. Todos los miembros de Rebelión Científica y el movimiento en su conjunto merecen el máximo respeto, pues han sido una de las fuerzas que más ha hecho por visibilizar las problemáticas ecosociales tras la pandemia. Como metáfora de la propia crisis ecosocial, sin embargo, me genera dudas. Comparar la complejidad de nuestro mundo y sus muchas crisis con un incendio en una casa particular, que no deja de ser un evento bastante simple y con pocos actores implicados, no parece demasiado preciso. Quizás tendría más sentido compararla con un incendio en una ciudad entera. Al contrario que en la metáfora original, donde no hay ningún motivo para que los inquilinos ignoren al tipo que anuncia el incendio (a menos que estén en una novela de Kafka), en una ciudad hay diversidad de gentes e intereses. A lo mejor el incendio empezó en un barrio obrero y por eso el alcalde, muy clasista, rehusó tomar acciones en un primer momento. En el primer caso, los inquilinos son unos imbéciles incapaces de entender un hecho aparentemente sencillo. En el segundo, el alcalde puede resultar moral e intelectualmente deplorable, pero hay razones que explican su conducta, por poco que nos gusten.

Además, ¿de veras que lo único que alguien haría si fuese testigo de un incendio es avisar y ya? ¿No llamaría a los bomberos? ¿No intentaría mitigar elle misme los envites del fuego? En el fondo, este discurso no hace sino replicar el modelo de ciencia «de muelle de carga» (loading dock science; Cash et al, 2006): «La sacas [una predicción científica] y la dejas en el muelle de carga y dices: “ahí está”. Y luego te alejas y vuelves a entrar» (484).

Los científicos llevan décadas alertando de la Verdad sobre el cambio climático. Pero realmente su mayor labor social ha sido esa, alertar, avisar. «Ey, hay un problema. Haced algo». Para luego volver a lo suyo, a su investigación aislada y a las lógicas laborales de la academia. Pero ya hemos visto que no existe tal cosa como los hechos crudos, unívocos, irrevocables. Los hechos se disputan y la creencia en la inocencia y la pureza de la ciencia ha hecho que la mayoría de la comunidad científica no haya entrado en una disputa solvente. Hay muchas y muy honrosas excepciones, entre ellas la de los miembros de Rebelión Científica. Por eso desentona tanto que su discurso teórico sea el mismo que el de la ciencia «dócil». En un artículo escrito en respuesta directa al texto de Glavovic y coautores con el que empezaba esta columna, Esther Turnhout y Myanna Lahsen (2022) inciden en esta cuestión:

Esta sugerencia de que simplemente necesitamos 'escuchar a la ciencia' es engañosa y refuerza una creencia problemática y despolitizada en la posibilidad de soluciones discretas y claras que se derivan de diagnósticos y proyecciones científicas objetivas e independientes [...]. La ciencia y la política están inextricablemente interrelacionadas y las interacciones entre la ciencia y la sociedad están estructuradas y tienen lugar dentro de marcos comunes que definen cuál es el problema, cuáles son sus causas, qué soluciones son posibles y qué conocimiento es relevante (4-5).

Ni ha habido nunca un contrato ciencia-sociedad único y siempre beneficioso para la humanidad entera, ni existe una Verdad conformada por hechos de una simpleza cristalina, ni basta con anunciar en público dicha Verdad para convertir a todo el mundo a una causa, sea esta el ecologismo o cualquier otra. Por lo tanto, ante la pregunta: ¿qué ciencia no necesitamos? La respuesta es: una ciencia conformada por científicas inocentes (en el doble sentido de libres de culpa e ingenuas). Siguiendo una vez más a Haraway (1991):

No queremos una teoría de poderes inocentes para representar el mundo […]. Tampoco queremos teorizar el mundo y, mucho menos, actuar sobre él en términos de Sistema Global, pero necesitamos un circuito universal de conexiones, incluyendo la habilidad parcial de traducir los conocimientos entre comunidades muy diferentes y diferenciadas a través del poder (9).

Necesitamos científicas dispuestas a mancharse las manos y a considerarse parte involucrada y activa de aquello que están señalando. Necesitamos rebelión científica, pero no entendida como una revelación provocada por la luz neutral de los hechos que lleve a las científicas a rebelarse, sino como la práctica de una ciencia intrínsecamente rebelde en sus métodos, objetivos y procedimientos. No se trata de que les científiques se afilien en masa al Partido Verde de turno ni de hacer el equivalente ecologista de la ciencia proletaria de Lysenko. El objetivo consiste más bien en atender a las formas actuales de producción de conocimiento científico y reformarlas si fuera necesario para conseguir implicar a la ciudadanía de una manera más activa en la recepción (¡y también en la misma producción!) de dicho conocimiento (en todo lo que tiene de políticamente estimulante cuando el objeto de estudio es la crisis ecosocial). De nuevo Turnhout y Lahsen (2022) aclaran aún más esta cuestión:

La política reside no sólo en la sociedad, sino también en la ciencia; La producción de conocimiento es en sí misma política en el sentido de que está conformada por valores y tiene consecuencias políticas [...]. La forma en que la ciencia conceptualiza, mide y evalúa el cambio climático y lo enmarca como un problema está íntimamente relacionada con las opciones políticas que se consideren y tiene una relación central con la forma en que se termina gobernando el clima (4).

Por supuesto, no estoy diciendo que las científicas sean las culpables de la inacción y el retardismo climáticos. Pero si sabemos que las élites políticas y económicas no van a poner nada de su parte, nosotras debemos hacer todo cuanto podamos para cambiar las tornas. Y eso implica cambios en el propio funcionamiento, en el cómo de la ciencia. Ya he comentado en las anteriores columnas la importancia de situar las ciencias en un contexto gaiano y de hacer del principio de precaución la base de la acción científico-política. El tercer paso en nuestro camino, tal vez el más difícil hasta ahora, pero el más importante en la práctica, consistirá en remendar la (ficticia) fractura entre las ciencias y la ciudadanía.  Esto pasa, entre otras cosas, por «ampliar nuestra visión de lo que cuenta como conocimiento, de modo que podamos aprender mejor del saber de una variedad de ciudadanos, pueblos indígenas, profesionales, profesionales y comunidades locales» (ib.: 1).

En definitiva, aunque el conocimiento de las causas y la naturaleza del cambio climático pueda estar estabilizado, no podemos decir lo mismo de sus ramificaciones sociales. Deberíamos, pues, «Transformar la investigación ambiental [para] un cambio profundo en las prioridades de investigación hacia estas dimensiones sociales y políticas […]» (ib.: 2). En la siguiente y última columna de la serie trataré de responder cómo exactamente. 

Pavlo Verde Ortega

Qué ciencia no necesitamos

Cómo citar este artículoVERDE ORTEGA, PAVLO. (2025). «Qué ciencia no necesitamos». Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 3, (CM48). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2025/03/ciencia-y-crisis-ecosocial-que-ciencia.html 


Bibliografía

CASH, DAVID; BORCK, JONATHAN y PATT, ANTHONY. (2006). Countering the Loading-Dock Approach to Linking Science and Decision Making. Science, Technology, & Human Values 31(4), 465-494

GLAVOVIC, BRUCE; SMITH, TIMOTHY y WHITE, IAN. (2021). The tragedy of climate change science. Climate and development 14(9), 829-833

HARAWAY, D. (1991). Conocimientos situados en Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Cátedra. 

TURNHOUT, ESTHER y LAHSEN, MYANNA. (2022). Transforming environmental research to avoid tragedy. Climate and development 14(9)

 

Para la imposición de valores sexistas a través de la píldora del día después léase: «Imposing Values and Enforcing Gender through Knowledge: Epistemic Oppression with the Morning-after Pill's Drug Label».

Dos ejemplos claros de fe en la Verdad científica nos los ofrecen por un lado Antonio Turiel: «Lo que hay que hacer es examinar con detalle la cuestión, entender cuáles son los motivos de las posibles discrepancias y resolverlas, y eso es así porque no hay múltiples verdades, sino una sola, que puede ser la de un bando, la del otro o la de ninguno de los dos y ser más compleja. Solo el trabajo detallado y la concienzuda aplicación del Método Científico nos llevará a la verdad, a veces tras largos años» ("De colapsistas y ecofascistas")… Y por otro el Manifiesto de Rebelión Científica: «Decir la verdad: Los gobiernos y los medios de comunicación deben dar voz a la comunidad científica para transmitir a la ciudadanía la gravedad y urgencia de la crisis climática» (6).  

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